LAS OLAS SURF SAFARI

Hace un par de meses fui a Las Olas Surf Safari donde aprendí a surfear, lo que ha sido una de las mejores aventuras de mi vida. El deporte en sí exige toda una filosofía, un modo de ser. Si hace dos años buscaba transformación, justo llegué al lugar que ha sido un antes y un después para siempre. En Las Olas se dice que el objetivo es convertir mujeres en niñas, pero no es lo único que se logra, además, se aprende a ver la vida desde otro punto de vista.

Para reforzar la flexibilidad del cuerpo y la mente, los días comienzan con yoga a las 7 de la mañana. La clase la imparte la misma instructora de surf que sabe cuáles músculos necesitan más o menos trabajo; y qué debe estimular para desarrollar un pensamiento enfocado y claro. Surfear depende quizá aún más de la mente que del cuerpo. 

El primer día, luego de una clase teórica y de vencer el miedo de internarme en el mar a una distancia lejana a la que jamás había llegado, el segundo reto fue lograr pasar las olas de frente, abrazando la tabla, y subirme a ella acostada completamente bocabajo. Una vez ahí, tenía que lograr mantenerme en el centro de la tabla sin que se volteara. Todo era cuestión de equilibrio. El impacto cada vez que uno se sube a la tabla es muy fuerte, el resto de la semana me dolieron las costillas. Cuando se surfea se mueven músculos y huesos que generalmente no se utilizan, además de una parte del cerebro y de las emociones a las que estamos desacostumbradas. Se descubren miedos y fortalezas desconocidas hasta ese momento. 

Nunca hubo una sensación de competencia; cada quien iba a su ritmo. En todo caso, lo que destacaba era el compañerismo, el saber que allá en el mar éramos iguales y que la vida de cada quien podía llegar a depender de la otra en caso de necesitar ayuda. La actitud de todas era muy relajada y alegre. Estoy convencida que solamente quien tiene un espíritu joven se anima a aprender una actividad de alto riesgo como es surfear.

La recompensa no es realmente como todos creerían, el lograr surfear, es decir, los minutos –mínimos- que uno puede estar parada en la tabla deslizándose con las olas hasta llegar a la playa. Eso es sólo la cereza del pastel. Lo que se logra es un gran aprendizaje de uno mismo, de cómo somos y no de cómo creemos que somos. A pesar de ser un trabajo muy personal, se comparte con el resto de las compañeras que están en las mismas circunstancias y buscan también una transformación. Esa es la verdadera motivación de todas.

En Las Olas Surf Safari hasta el último detalle está pensado. El curso incluye un día de paseo en lancha para surfear en una playa diferente y un masaje en uno de los spas locales. Al equipo de cuatro instructoras profesionales que además son encantadoras, se suman las excelentes instalaciones de la casa de playa y del hotel donde nos hospedamos. Sin duda el mejor y más elegante del lugar. Pero sobre todo, toda la gente que conoce a Bev Sanders habla bien de ella. En el pueblo la quieren y respetan. Es el resultado de un trabajo comprometido y de excelencia.

Las Olas ha sido reconocido como el mejor camp de surf por muchas publicaciones y llamada “la puerta dorada de los Camps de surf” por el periódico San Francisco Chronicle. Pero las mejores reseñas provienen de las miles de mujeres felices -como yo-, que han vivido esta experiencia transformadora que resulta en una suma de ganancias en todos sentidos: una estrecha relación con el mar, un reconocimiento del cuerpo, mayor autoestima y nuevas amigas. 

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David
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